Queridos amigos:
Hace poco menos de tres meses estuve en Las Vegas. Por circunstancias de la vida, y gracias a los contactos que nunca faltan (debo nombrar acá al amigo Gustavo Valle), la revista
Letras Libres me solicitó que cubriera el premio anual de la AVN (
Adult Video News) para un número especial de «carne y literatura». Yo acepté encantado, no era para menos. Antes de partir le comuniqué la buena nueva a Daniel Centeno. Daniel, insigne lector, hizo de inmediato un escaneo a su amplio repertorio de libros devorados y comentó que yo tenía todo un reto por delante. «¿Un reto?», indagué. «Sí, bróder», respondió él con la voz ralentí que lo caracteriza. «Ya David Foster Wallace escribió una crónica sobre esa vaina. La puedes encontrar en
Hablemos de langostas, en la colección De Bolsillo de Random House». Daniel me daba aquella noticia con toda su calma, con todo su ligero desparpajo, y yo no hice más que decir: «Bueno, ya veremos». En cuanto pude, conseguí el libro en cuestión. En efecto, allí estaba, abriendo el muestrario, un texto llamado «Gran hijo rojo»: 59 envidiables páginas sobre el premio AVN.
Así que llegué a Las Vegas perseguido por el fantasma (el verdadero podría ser) de Foster Wallace. Me provocaba ir tras sus pasos y darme una ahorcadita, de hotel, en este caso, tipo Michael Hutchence. Pero incapaz de matarme a propósito o por masturbatorio accidente, me emborraché apenas llegué y salí a dar vueltas por el hotel. Muy Hunter Thompson yo, todo gonzo y tal. Ni siquiera me animé a darme una vuelta por el galpón de las distribuidoras de películas y productos sexuales. El muy sabihondo de Centeno me había echado a perder mis pequeños días de gloria, mis encuentros con las actrices porno, mis compras de películas, revistas y software, y sobre todo, mi trabajo para
Letras Libres.
No obstante, la misma noche de la premiación, unos jóvenes eléctricos me abordaron en el casino del hotel, me dieron un papelito con un número de habitación y me invitaron a una fiesta de graduación universitaria. Los muchachos desaparecieron de mi vista, yo di un par de vueltas, me tomé dos martinis y subí. Lo que encontré en esa habitación me salvó la vida, y me hizo creer de nuevo en la escritura y en la vida (perdón por la cursilería, pero las rebelaciones de vida son cursis todas).
Acá lo que escribí para
Letras Libres.
Tarot porno, Holmes El Emperdor
Dibujo del autor
La cifra mágicaSe trata de un número, el número de una habitación del hotel Caesers Palace en Las Vegas. La 217 (1), nada más y nada menos . Acá, unos diez universitarios beben vodka y leche, entran y salen del baño, y se multiplican y ya no son diez sino veinte o treinta y otra vez diez y de pronto mil. Entre la confusión, aparece un mesonero que empuja un carrito lleno de botellas de leche, y los universitarios se lanzan sobre las botellas y beben de ellas copiosamente. Algunos saltan sobre las camas, algunos se besan, otros conversan a gritos como si estuvieran a kilómetros de distancia. No se distingue qué música suena. Quizás es algo de INXS, pero sería demasiada casualidad. Creo que es más bien algo de Morrisey o de The Smiths.
De nuevo entra un mesonero, empujando otro carrito atestado de frascos de leche. En el sofá, ajeno a todo aquel barullo, se halla sentado Sandor el mago. ¿Qué hace acá? ¿Cómo llegó? No tengo la menor idea. Lo cierto es que me lo encuentro luego de sortear el delirio de los universitarios, en mi búsqueda de un fondo más calmado. Como fan que se precie de serlo, sé que Sandor habla español, y sin más, me le acerco y le digo: «¿Tú eres Sandor el mago?». Él me mira con una enorme sonrisa, nada molesto ante el reconocimiento, responde afirmativamente y me invita a sentarme.
Sandor viste un traje de esmoquin, el mismo que usara para sus actos de magia. Lleva el cabello engominado hacia atrás y unos afilados bigotes negros. Es la viva imagen del Mandrake de Lee Falk. Habla un buen español con acento venezolano. Las biografías que he encontrado en la red dicen que vivió en la isla de Margarita durante su adolescencia. Sus padres, hippies norteamericanos, se habían ido a instalar allá en una de sus tantas rondas mundiales tras la pesquisa de un improbable Paraíso terrenal que acabara con los tormentos de sus almas. Creyendo que recordaría aquellos años con placer, lo interrogo sobre sus padres. «Ellos nunca pensaron que cualquier rincón del mundo equivale a la estupidez que se lleva por dentro», responde. Comprendo de inmediato que estoy equivocado, y él me lo corrobora: «Yo, por mi parte, aprendí a odiar su tontería ensoñadora y, haciendo uso de mi derecho a la rebeldía juvenil, huí al sitio más aborrecible que ellos hubieran imaginado. Me fui a Las Vegas, urbe suprema del consumismo y del mal gusto.»
En la ciudad de los casinos, los hoteles y el pole dance, Sandor el Mago hizo de todo (su verdadero nombre nunca ha sido rebelado, y tengo la sospecha de que yo no seré el afortunado). Fue mesonero, parquero, bell-boy, ayudante de tramoya, aprendiz de mago, y finalmente mago. Pero no los aburriré con detalles. En Wikipedia y en otros tantos sitios de Internet pueden encontrar más detalles sobre sus maestros y estos primeros tiempos.
Sí creo importante acotar que apenas comenzó a frecuentar los escenarios, se hizo famoso. En Las Vegas se le recuerda por su acto con los conejos blancos. «Yo los rescaté del olvido», me dice orgulloso. «Yo los hacía levitar y traspasar paredes, los partía en dos y después los volvía a unir, aplastaba a dos con mis manos y sacaba uno nuevo, los electrocutaba y los convertía en Frankenstein-conejos a los que dominaba a mi antojo y luego los hacía subirse a una alta torre desde donde se lanzaban al vacío para caer dentro de una chistera. Y el acto final era un prodigio, una mezcla entre la Cámara de la Tortura China de Houdini y el cuento «Cartas a una señorita de París» de Cortázar. Yo era sumergido de cabeza en un enorme tanque de agua, atado con cadenas, y allí, ante la vista de todos, comenzaban a brotarme conejitos blancos de la boca. Conejitos y más conejitos que nadaban hasta la superficie y eran recogidos por mis hermosas asistentes. Antes de sumergirme yo anunciaba que saldrían doce, y una vez que estos doce eran recogidos, una gran tela caía sobre el tanque. De inmediato se destapaba, y yo aparecía allí, junto al tanque, ileso, triunfante, y mojado, claro está.»
La abundancia de conejos blancos en situaciones tan extremas, llamó pronto la atención de la Sociedad Protectora de Animales Artistas de Las Vegas (2). Su entrada en la vida de Sandor el mago se transformó en un episodio legal desagradable y con demasiada cobertura mediática. «A la Sociedad se le antojó que mis actos tenían un cariz en extremo sádico, y que realmente mis animales sufrían.»
Así que lo demandaron y lo llevaron a juicio. Sandor logró una muy convincente defensa, pero la Sociedad Protectora de Animales Artistas de Las Vegas no quedó conforme. Argumentaron que Sandor había apelado a sus trucos de magia para hacerle creer al jurado que los animales no sufrían. «No hubo manera de demostrar lo contrario. Pero les quedó el reconcomio, y desde entonces no me han dejado en paz. Incluso he sufrido varios atentados. La Sociedad Protectora de Animales Artistas de Las Vegas tiene su ala radical. No obstante, mi retiro del mundo del ilusionismo no tiene que ver con ellos.»
En efecto, en 2007, Sandor el mago se retiró de la magia y, para gran sorpresa de sus seguidores, pasó a ser el creador y una de las principales estrellas de una variante muy reciente del cine porno: el
flaccid-sudden-erection.
Con cierta vergüenza debo confesar que es de estos años que conozco de la existencia de Sandor. Es decir, supe de él a través de la pornografía, no de la magia. También debo decir, sólo por si acaso, que por lo general sólo me intereso en la biografía de las actrices, y a ellas las sigo a través de toda la red con furor fanático. No obstante, cierto video donde Sara Jay sale haciendo de las suyas con Sandor, me dio la noticia de que él había sido realmente mago de profesión. En dicha escena, Sandor saca de entre sus dedos un vibrador con cara de conejo que hace saltar del asombro y de la alegría a Sara Jay. Acto seguido, con saliva en la garganta, ella dice: «Oh, Sandor, ya me habían dicho que eras un gran mago» (3). Aquel momento mágico y aquella frase de Sara Jay, hicieron que sintiera curiosidad por Sandor, y de inmediato llamé a mi gran maestro en el porno, mi amigo José Javier Rojas. José Javier, con su voz gruesa y sabia, me dijo: «Pero claro, Sandor es ahora tan famoso como lo fueron en sus mejores años Rocco, Ron o John» (4). No esperé más y acudí a Internet, la Biblia del porno. Allí pude leer la increíble biografía de Sandor el mago, y también vi sus videos. ¿Pero cómo terminó un mago en el porno? La respuesta es sencilla y hasta empobrecedora del mito: «Yo soy loco por el sexo, y me encanta el porno. Con los años me hice de un montón de amigos de ese mundo acá en Las Vegas, y siempre anduve muy pendiente de hacer algo. Pero no me atrevía. Además, yo buscaba una cosa especial, ¿sabes? Algo que realmente me inspirara. Y por fin, cierta noche y sobre el escenario, la luz me llegó».
Sandor cuenta que en esa ocasión, mientras recibía los aplausos del público, le vino así como así el concepto del flaccid-sudden-erection. Esa misma noche llamó a su amigo Steven Hirsh, fundador de Vivid, y le presentó la idea. Hirsh no podía creer lo que estaba escuchando, y le dijo que al día siguiente volaría para Las Vegas. Pues bien, en la tarde de ese día siguiente, Sandor el mago, junto a dos nenas nudistas que deseaban lanzarse también al porno, demostró de lo que era capaz.
Flaccid-sudden-erectionEs realmente asombroso verlo acostado en la cama, rodeado de tres espectaculares actrices porno del momento (pensemos en Shyla Stylez, en Jada Fire y en Gianna Michaels), las tres totalmente desnudas, explotadas, lustrosas, tocándose, gimiendo y además regalándole virtuosos fellatios al hombre, sin que el miembro de éste reaccione. Pero cuidado, no hay aquí espacio para la impotencia. Mantenerse ajeno a la delicia requiere de una concentración mental de forzado y constante entrenamiento (basta recordar a Sandor de cabeza y dentro del agua de la Cámara de Tortura China para saber de dónde sale aquel temple). Más extraordinario resulta el número cuando, por mandato repentino del director, el hombre que hace segundos se mostrara inamovible en su flacidez, logra, en un abrir y cerrar de ojos, una suprema alzada, cercana incluso a aquellas remotas imágenes del Priapo romano. Porque es así, la rutina del flaccid-sudden-erection trabaja en dos etapas: la flácida y la dura. Mientras más flácido se mantiene el miembro, mientras más muerto luce el botón, más atractivo resulta para la escena. Pero con esto no basta, y si la cosa llega hasta acá estaríamos hablando apenas del descalabrado fracaso de John Wayne Bobbitt en el porno. Por fortuna, el público —siempre de extraños gustos— aún no le ha pedido al mercado algo así como un
flaccid-for-ever-flaccid, y sigue esperando con ansia que el momento de reposo sea felizmente superado, acción en la que nuestro hombre es todo un prodigio. Sandor el mago, gracias a la seña ya advertida, tarda apenas dos segundos (contados con cronómetro) en levantar su palo mayor, nada más y nada menos que un ejemplar portentoso equivalente en sus medidas al aparato del ínclito Nacho Vidal. Y todo frente a la cámara, sin trucos cinematográficos. «Tal dicha se lo debo a un faquir de Benarés», me dice enigmático mi interlocutor. «Y esto puedes escribirlo si quieres», concede, ya enterado de mi oficio y de mi tragedia, para luego agregar: «Menos mal que no te colgaste, porque ya tienes tu historia». Y es que Sandor no se chupa el dedo, y sabe muy bien que ya me pasó por la cabeza la idea escribir sobre él, sobre nuestro encuentro. Yo tampoco pretendo simularlo, y le respondo: «Bueno, ahora debo producir un trabajo a la altura de esta conversación, y eso no será fácil». No decimos más, y nos quedamos viendo a los universitarios bailarines y tomadores de vodka y leche. «¿Y ellos saben quién eres?». «¡Pero claro, ellos me contrataron!». Le pido que se explique mejor, y él accede: «Estos chicos y chicas me admiran, y me pusieron como padrino de su graduación. Los chicos, es decir, los varones, me escribieron diciéndome que me pagarían por ello. Yo les respondí que el pago no hacía falta, y que con gusto sería su padrino. Pero ellos insistieron. La frase fue lapidaria: ‘Deje los gestos de caridad para nuestras novias. Nosotros queremos pagarle, y no se diga más’. Así que acá estoy, contratado». «¿Y va a hacerle la caridad a las novias?», le digo, intrigado. Sandor se encoge de hombres y sacude la mano, como quitándole importancia al asunto. «En el fondo no me pagan por ser su padrino, sino por una exhibición en vivo de una sesión de
flaccid-sudden-erection con sus novias. No puedo entonces incumplir con mi contrato». Escucho la respuesta y me quedo en al aire. No sé si soltar una carcajada, o qué. Me decido por una leve afirmación de cabeza, y nos quedamos viendo a los universitarios saltarines. Quizás alucino, pero por allá, en la puerta del baño, me parece ver la carita inquieta de un conejo, uno de esos antiguos conejitos de Sandor.
Tarot Porno, Sara Jay La Emperatriz
Dibujo del autor (Y aquí llegamos al) Final con conejos blancosLa historia podría terminar en este punto. Estaría bien, el lector quedaría satisfecho. Pero no, la realidad no se detiene, sigue de largo, es un continuum que en sus antojos libertarios le da por superar a la ficción. Ante un poder semejante, no me queda más remedio que instalarme en mi rol de testigo.
Acá sigo entonces, sentado, observando o creyendo que observo un conejito asomado en la puerta del baño, cuando veo que un par de piernas peludas, o más bien felpudas, entran a la habitación.
Los universitarios siguen bailando, brincando, bebiendo, mientras aquellas piernas felpudas avanzan hacia el fondo, es decir hacia donde estamos Sandor y yo. Y ahora ya no son dos piernas felpudas, son cuatro, y ya no cuatro, sino seis, seis piernas felpudas. Alzo la mirada, y veo las elongaciones de aquellas piernas. Son conejos blancos, o más bien, tres hombres disfrazados de conejos blancos.
Sonrío atontado (he bebido, ¿recuerdan?, y en algún momento me creí algo así como Hunter Thompson), y giro en dirección a Sandor. Lo descubro con la mirada fija hacia al frente. Ahora veo a los conejos y me percato de que llevan unas varas en las manos. Varas o cabillas, armas de acero, contundentes. Sandor el mago por fin me mira y dice: «No vemos ahora, y si no, un placer conocerte».
Sandor pone de pie y brinca a la parte trasera del sofá. Los conejos gigantes se me vienen encima, pero el asunto no es conmigo. Se asoman al otro lado del sofá y los escuchó lanzar maldiciones. Yo también me asomo: Sandor el mago no está.
Uno de los universitarios ruge, después otro y al final todos rugen. Saben, de un modo instintivo, ancestral, que esos conejos no están allí para felicitarlos por su graduación, y sí para hacerle daño a su padrino. Los universitarios se lanzan sobre los conejos y los conejos responden con sus varas de acero. Vuela la leche por todas partes. Es como si alguien sacudiera al viento un montón de sábanas blancas. Yo esquivo la violencia como puedo, y salgo. Una vez afuera, pego una carrera. Pienso que seguridad debe estar por llegar. Así que evito el ascensor y me voy por las escalares. Tres pisos más abajo vuelvo a entrar en los pasillos y llamo el ascensor. Poco después se abre la puerta, y me encuentro con Sandor. «Esa gente de la Sociedad Protectora de Animales Artistas no me perdonan», me dice con tranquilidad y cierto toque de resignación. Agrega: «Mucho menos su ala radical». Yo no puedo de dejar de mirarlo con admiración y asombro. «Y pensar que lo único que anhelo es seguir con mi flaccid-sudden-erection». Me encojo de hombros, sigo sin saber qué decir. Lo noto preocupado. Finalmente dice: «Pobres muchachos, ya hablaré con ellos y veré cómo hago para hacerles su show». «Sí, sí, claro, debes hacerlo, sí», digo en un intento por no lucir tan idiota. Sandor sonríe satisfecho, parece que le caigo bien.
El ascensor llega a planta baja, y yo salgo. Sandor, en cambio, queda adentro y me mira. No sé por qué, pero nadie más entra a la cabina. Es como si la puerta no se hubiera abierto. Allí está la gente, parada, esperando que llegue otro ascensor. «Cuando la puerta se cierre, vuelve a presionar el botón», me dice el mago. Asiento, y Sandor se despide: «Una vez más, ha sido un placer. Ah, y escribe tu cosa». La puerta del ascensor se cierra, yo presiono el botón, y de inmediato la puerta se vuelve a abrir. Adentro, moviendo sus narices con total despreocupación, descubro una docena de conejitos blancos.
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(1) La coincidencia obliga a recordar a Stephen King y a Kubrick. Como muchos ya sabrán, el número de la habitación prohibida del hotel Overlook en la novela The Shinning es la 217, mientras que en el film es la 237. A petición del gerente del hotel donde filmaba, y también conocedor del poder del cine y de la infinita estupidez del hombre, Kubrick cambió el número original por uno inexistente. El gerente le hizo tal solicitud al cineasta, temeroso de que los futuros huéspedes, conocedores de la escena horrenda del film una vez que la película fuera estrenada, no quisieran dicha habitación para alojarse. El gerente, como se ve, también creía en el poder del cine. No sé si estaba claro con lo del asunto de la estupidez. A lo mejor él mismo estaba sumergido en ella.
(2) La Sociedad Protectora de Animales Artistas de Las Vegas fue fundada en 2004 por Roy Horn, antiguo miembro del dúo Siegfreid & Roy, unos meses después de que Roy fuese mordido en el cuello por Montecoro, un vigoroso tigre blanco de siete años que formaba parte de su espectáculo. La Sociedad Protectora de Animales Artistas de Las Vegas pretende defender a todos los animales que participan en los espectáculos de la ciudad, sin distinción de hotel, casino o nivel de éxito del evento. «Un animal me hirió», dijo Roy en la rueda de prensa, «pero ustedes no saben cuántos humanos hieren a sus animales artistas en esta ciudad de candilejas y shows inacabables». La Sociedad Protectora de Animales Artistas de Las Vegas ha llevado a cabo una labor realmente valiosa, y salvado del maltrato a más de quinientos animales «artistas» de Las Vegas. Su lema es la frase que Horn dijera mientras lo trasladaban, gravemente herido, hacia la ambulancia: «Don´t hurt my pet».
(3) El film Magic Flaccid-Sudden-Erection es uno de los pocos donde Sandor aparece haciendo magia. Si consideramos que es uno de sus primeros trabajos (de finales de 2007), podría pensarse en una novatada. Mas pronto el artista tomó conciencia del error, y no volvió a mezclar la magia con el porno. ¿En que consiste el error, se preguntarán algunos? Pues bien, en primer lugar, Sandor no quiso herir susceptibilidades. Aunque él no estuviera de acuerdo con la apreciación, quería evitar que algunos magos consideraran que él estaba en vías de «ensuciar» el arte del ilusionismo. En segundo lugar, huía de ser considerado un fenómeno del porno que sólo era llamado al set porque sabía hacer magia frente a las cámaras. El anhelo de Sandor era brillar como la estrella que inventó el sub-género del flaccid-sudden-erection. Que le siguieran diciendo «Sandor el mago», sí, pero el mago del flaccid-sudden-erection.
(4) Rocco Siffredi, Ron Jeremy y John Holmes: míticos astros del porno.
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